Ayer estuve en el
Taj Mahal rodeado de buena gente pero hoy quería zanjar el tema de los ataques de animales que he recibido. Para empezar, vaya por delante que no soy ningún provocador de animales, más bien al contrario, soy bastante asustadizo.
El tema es que no me parece ni medio normal que en dos días me hayan asustado tantas alimañas. Vamos con las abejas que fueron las primeras en interactuar conmigo. Ya he dicho, creo, que aquí en Delhi hay cientos de personas haciendo las cosas más peregrinas del mundo por la calle. Pues bien, andaba yo tranquilamente por la ciudad cuando de repente un mal nacido decide vender enjambres de abejas en la acera. Esto me parece bien si los enjambres están controlados pero cuando me quise dar cuenta estaba metido en una nube infernal de abejas. El caso es que el vendedor estaba tan campante, sin camisa ni nada, rodeado de cientos de abejas. Fueron sólo diez pasos pero muy tensos. Pues bien, no acabo de salir de ésta cuando en la calle siguiente se me cruza delante de los pies un bicho que a mi me pareció grandísimo y que salió de repente de un lateral, cruzó delante de mí a la velocidad de un rayo, y desapareció por el otro lateral de la calle. Mientras me recuperaba del infarto la gente de alrededor me explicaba en un inglés choricero que el bicho era no sé qué, y que era muy bueno porque se comía las serpientes. Cuando escuche la palabra snakes decidí que lo mejor era salir de allí cuanto antes, sólo me faltaba la serpiente... Luego he sabido que se trata de una mangosta y que son bastante comunes aquí. Lo que no termino de entender es por qué la mangosta no puede esperar a que pases tu y luego pasar ella, sino que te tiene que darte un susto de muerte. En fin...
Lo del perro fue más normal. El día de excursión al Taj Mahal un perro decidió darnos la comida merodeando entre nosotros. No fue más allá pero el canino tenía la peor de las pintas, no se iba ni a tiros y es conocido que aquí todo bicho de estas características tiene la rabia. Si te muerde ya puedes ir cogiendo el avión para casa porque los hospitales de aquí son peores que la misma rabia. Y lo del buey fue simplemente que al cruzar una calle me metí entre dos coches y de repente, por el otro lado, apareció un buey bastante rápido que también iba a pasar entre los dos mismos dos coches, pero en sentido contrario claro, hacia mi. Aparte del susto inicial, me pareció conveniente volver sobre mis propios pasos y ceder el paso al animal, que es lo educado. Ya se sabe, antes de cruzar la calle conviene mirar que no venga ningún buey.
Y el mamífero estrella que casi me convierte en su
dinner: un mono de tamaño medio- grande, una especie de mandril que merodeaba junto a unos amigotes de su misma calaña en los jardines de al lado del Taj Mahal. Aquí sí que vi la muerte de cerca. El caso es que me parecieron simpáticos, especialmente uno que tenía una cría colgando. Fue acercarme un poco para hacer la foto y salieron huyendo. Pero de repente, uno de ellos, el que tenia la cría colgando, no pudo saltar la valla en su huida y dio media vuelta a toda velocidad para atacrme a mi. Casi me muero, cuando ya me veía con el mono agarrado a mi nariz se paró en seco a un metro y se puso a chillar en un tono muy amenazante, momento que aproveché para coger las de Villadiego. El mono es un bicho muy peligroso y por aquí caua estragos. En el metro de Delhi, que no se me ha ocurrido coger todavía, tienen
un súper mono para asustar a los otros monos y que los viajeros puedan ir tranquilos. Así está el tema por aquí.
De momento, sigo vivo. Esta foto lo demuestra. No es que me de aceites, es que ayer en el Taj la sensación térmica se acercó a los 60 grados.